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| Oct 26, 2012 | Punto de Vista

Las densidades urbanas

Son crudas cuando de analizarlas se trata, cuestionan a una administración municipal y realmente muestran un grado cultural sobre la manera de generar armonía en la convivencia y hasta dónde el discurso político y los POT son coherentes con una realidad.

En el mundo el debate urbano actual se centra principalmente en dos visiones de ciudades opuestas entre sí: la ciudad compacta frente a la ciudad dispersa.

Lo compacto va a los edificios, a lo vertical y paradójicamente tiende al modelo de concentración humanizada, donde la vía angosta, la baja velocidad vehicular y la alta peatonalización son una constante.

En lo compacto cabe la relación directa entre vivienda, la institución educativa, el parque, el teatro y el lugar de trabajo.

En la ciudad dispersa renace la horizontalidad, las distancias aumentan, aparecen la autopista, la rotura de la frontera rural es inmediata, lo privado destruye lo público y el vehículo se vuelve primordial.

Los puntos de encuentro son comercializados y transforman a los individuos en consumidores compulsivos, la relación humana o de vecindad se extingue, los lazos familiares se vuelven esporádicos y la deshumanización entra en su furor.

El río o bosque que pertenecen a todos se privatizan y cambia de tonalidades.

Las calles son simples corredores viales y los vecinos mueren porque los nuevos diseños residenciales las rechazan y se vuelven grandes bunkers, las formas urbanas muestran así la especificaciones técnicas de un modelo de vida mas impuesto que producto de una tradición histórica de una generación de propietarios que se crió en ambientes totalmente contrarios.

“Para Cambiar la Vida, primero debemos cambiar el Espacio”, dijo Henri Lefebvre, filosofo francés.