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| mar 8, 2013 | Nuestra Gente

76 niños invisibles para la sociedad

Cheché no se cansa de dar abrazos a María del Pilar. Él llegó recién nacido a Iris.

Cheché no se cansa de dar abrazos a María del Pilar. Él llegó recién nacido a Iris.

En sendas sillas de ruedas Juan y Orlando esperan la llegada del carro para ir a su tratamiento.

Juan padece parálisis cerebral y retardo mental profundo. Su cabecita se inclina mientras que sus manos retorcidas tratan de mantenerse firmes. Sus piernas, tan delgadas como un tubo de dos pulgadas están cubiertas por una sudadera y unas medias.

Orlando tiene 26 años y la falta de oxígeno en su cerebro al momento de nacer le impidió desarrollarse normalmente. Él también va para terapia.

Junto a ellos doña Amanda Mejía va contando lo difícil que resulta llevarlos al médico, ya que ningún carro los transporta.

Mientras esperan María del Pilar Flórez Schneider les arranca sonrisas que se dibujan como una mueca en sus caras.

A su lado, Cheché, el más ‘veterano’ del Instituto de Rehabilitación Integral Santa Teresita, da órdenes, cuenta anécdotas y está pendiente de todo lo que sucede.

Su diagnosticado gigantismo se refleja en manos y cabeza, que son acariciadas con cariño por María del Pilar, mientras él, con picardía y en medio de su retardo mental moderado, cuenta historias y se ríe a carcajadas dejando ver sus encías despobladas.

Enfermos, pero no del corazón

Todos los días doña Amanda y el conductor del carro tie-nen que subir y bajar a los niños para trasladarlos a sus terapias en centros médicos especializados.

Todos los días doña Amanda y el conductor del carro tie-nen que subir y bajar a los niños para trasladarlos a sus terapias en centros médicos especializados.

Eran las cuatro de la tarde cuando decidimos hacer esta visita al hogar Santa Teresita, una institución encumbrada en lo más alto de Morrorrico, en la vereda La Malaña, más allá de los tanques del Acueducto Metropolitano de Bucaramanga.

María del Pilar Flórez, quien asumió la dirección del instituto hace ocho años, guía el recorrido por el lugar compuesto por oficinas, salones, un jardín grande, cocina, zona de ropas, área de fisioterapia, fonoaudiología, sicología, educación especial, todo dentro de un terreno quebrado.

Mauricio tiene 12 años, síndrome convulsivo y cardiopatía diabética con retardo moderado que le impide pararse. Sin embargo se arrastra con sus manos para saludar a quien considera su mamá.

– ¡Mamita, mamita!, grita mientras su cola da saltos por el piso hasta llegar a ella.

María del Pilar se agacha, lo besa y le da un abrazo. Él estira su mano, saluda y sonríe.

Marcela tiene un problema siquiátrico, retardo, se hace entender con sus manos y algunas palabras. Fue rescatada de una vereda de Santander donde era víctima del maltrato y traída al instituto. Es muy vivaz.

La pequeña Jhoanna   tiene síndrome de Down, pero su carita se ilumina cuando ve llegar a la directora a quien rodea con sus manos regordetas para abrazarla por la cintura. Fue abandonada en su pueblo natal y remitida por el Icbf.

A su alrededor están más de 20 personas en sillas de ruedas. Algunos están atados con sábanas para que no se hagan daño.

Diversos problemas físicos y mentales se conjugan en una sola institución que busca ayuda y protección para estos seres.

Diversos problemas físicos y mentales se conjugan en una sola institución que busca ayuda y protección para estos seres.

Todos forman una algarabía al ser visitados que se hace sentir con el movimiento de sus cabezas, manos o con sonidos guturales que expresan más que cualquier palabra.

A medida que se recorre la institución se van conociendo más y más historias de seres humanos a quienes la naturaleza no les permitió un desarrollo cognitivo y físico como el de los demás, pero les dio un corazón y una alegría desbordantes.

Todos quieren que los saluden, que les estrechen su mano, que les den un cálido abrazo o les besen la frente. Algunos más se arriesgan a hacerlo en medio de sus dificultades, como Cheché que da la bienvenida a quien llega a la institución con un sonoro:

– ¡Amigoooo!

Autistas, down, hidrocefálicos, parálisis cerebral, síndrome convulsivo y otros con enfermedad siquiátrica conforman los 76 ‘niños’ entre los 5 y los 47 años, que allí viven día a día, ayudados por cincuenta y dos personas en dos turnos los 365 días del año, entre nutricionistas, psicólogas, trabajadoras sociales, directivas y empleadas de una institución que ha soportado las más grandes tempestades económicas.

La falta de recursos tiene a la institución pasando momentos difíciles lo que dificulta un mejor tratamiento para Paola a quien deben alimentar todos los días con sonda de gastrostomía, para evitar su broncoaspiración, pues su hidrocelafia no le permite ni siquiera sentarse en la cama; o a Orlando que ha estado prácticamente muerto en tres ocasiones por el mismo hecho.

Son más de medio centenar de casos reunidos en solo lugar, donde lo que más sobra es amor, un amor que disfruta Mayerli, quien fue rescatada de su casa donde la tenían amarrada por sus problemas de trastornos mentales.

Aunque están en sus sillas de ruedas estos niños manifiestan su amor.

Aunque están en sus sillas de ruedas estos niños manifiestan su amor.

Amor para atender a Germán, a quien su tío y su abuelo lo entregaron porque no tenían cómo atender su parálisis cerebral severa.

Otros fueron golpeados en el vientre materno durante el embarazo.

O el caso de William, un joven con síndrome de down y autismo a quien su alcohólico padre no quiso tener más tras la muerte de su mamá. William llegó a la institución con desnutrición severa.

Esos, los niños a quien nadie quiere, los que han sido botados de sus casas, los que otras instituciones desechan, esperan una mano amiga que los ayude, que no les dé la espalda, que les permita vivir dignamente lo que les queda de vida, una vida que es corta, pero que merece una oportunidad.

María del Pilar, quien vivía en Canadá y hace ocho años tomó las riendas del instituto parece a veces flaquear ante el cúmulo de necesidades, pero su amor por estos seres no le permite abandonar el barco.

Ella, que en su infancia tuvo una prima con síndrome de down y desde entonces quiso abanderar causas como esta se ha echado encima más responsabilidades de las que le corresponde, arriesgándolo todo por mantener a flote el Iris, Instituto Integrado de Rehabilitación Integral Santa Teresita.

“Tenemos los niños más comprometidos con problemas de salud y nos faltan muchas cosas, porque a ellos hay que hacerles todo desde levantarlos hasta bañarlos, vestirlos y darles la alimentación. Pero no desfallecemos”.

El presente de la institución es incierto, pero solo el amor y la dedicación de las personas que allí trabajan mantienen sonrientes esas caritas de niños que nadie quiere ver.

¿CÓMO COLABORAR?

Si usted desea colaborar con estos niños puede hacerlo de varias maneras: Iris logró que le dieran una casa en comodato en la carrera 11 No. 43-49. Sin embargo no se han podido trasladar por falta de materiales de construcción para acondicionarla.

También puede ayudar mediante donación a la Cuenta Corriente Banco de Bogotá Nº 157-344797.

Quien esté interesado en comunicarse con la fundación para hacer sus aportes puede llamar también al 6350510 o a los celulares 317 4025011 o 316 5327377 

 

Terapias con personal profesional se realizan a diario con los niños que expresan su agradecimiento con una sonrisa.

Terapias con personal profesional se realizan a diario con los niños que expresan su agradecimiento con una sonrisa.

Terapias con personal profesional se realizan a diario con los niños que expresan su agradecimiento con una sonrisa.

Terapias con personal profesional se realizan a diario con los niños que expresan su agradecimiento con una sonrisa.