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| Jul 26, 2013 | Columnistas

¿Por qué no se aprecia el arte en Bucaramanga?

GENTE DE CABECERA

Virginia Nemeth, historiadora del arte.

Por Virginia Nemeth

Se dice que el crecimiento de una ciudad se reconoce por sus avances en población, vivienda, servicios públicos y educación entre otros. Y es precisamente este último factor el que más se tiene en cuenta, cuando se compara una región con otra.

Para nadie es desconocido que Bucaramanga es una ciudad pujante, que en los últimos años se ha destacado en los primeros puestos académicos en colegios privados de bachillerato, pero ¿Qué sucede con los puntajes de Icfes o Pruebas Saber de los planteles oficiales? ¿Qué tipo de preguntas contienen estas evaluaciones, además de las de aspectos académicos, que hace que nuestros bachilleres no cumplan con los conocimientos necesarios para responderlas?

La causa radica en la falta de cultura general, que se adquiere en la formación primaria, media, universitaria y posgrado.

Una de las razones para que nuestra ciudad no tenga una masiva asistencia a los pocos eventos culturales que algunos ‘Quijotes’ traen a Bucaramanga es precisamente esa: la falta de conocimiento cultural la cual se da porque se carece de instituciones públicas formadoras de talentos artísticos de música, pintura, danza, literatura y demás artes.

Antaño se contaba con conservatorios de música, academias de arte, danza y otras instituciones oficiales que ofertaban programas de preparación en artes para niños, jóvenes y adultos que desearan complementar su formación académica, pero infortunadamente se acabaron.

El ser humano está formado, entre otros aspectos, por lo cognitivo y emocional, pero requiere de la parte artística como eje que permite guardar un equilibrio de su esencia social.

La invitación va dirigida a las autoridades gubernamentales para que rescaten de forma imperiosa los centros de formación artística y a la ciudadanía en general para que lo artístico trascienda más allá de lo cotidiano, del trabajo o estudio y logre una amalgama en el ser; que sirva para lo que en muchas culturas se ha logrado, ser un instrumento de paz, al alejar a sus ciudadanos de conflictos que perturbaban su convivencia o de adicciones que los hacían esclavos.