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| Jul 11, 2014 | Columnistas

El problema con las antenas

Residente de Cabecera

Hemos visto en varias ocasiones cómo esta revista se ha preocupado por dar respuestas a las quejas de personas que como yo tenemos como vecina a una antena.

No importa si es de telefonía celular, móvil o de cable, todas son iguales a la hora de hablar de los efectos que producen en la salud humana.

Mi caso es como el de muchos: vivo en el piso 13, el último de un edificio de la carrera 34 entre calles 46 y 48, y justo encima mío instalaron entre enero y febrero una antena.

Con el tiempo los síntomas llegaron: se me empezó a subir la presión arterial, mareos recurrentes, insomnio.

Soy médico creo tener idea de qué y por qué me enfermo.

Efectivamente consultando al médico e investigando dimos que era por las radiaciones que por ‘naturaleza’ (si es que se puede incluir este término en un aparato electrónico) emite una antena.

Empecé a presentar mis exámenes médicos ante la administración del edificio y me dijero “No le creo nada”.

He enviado recortes de periódico, fotocopias de artículos médicos de quienes se han pronunciado al respecto, pero tampoco me escucharon.

He puesto en el ascensor mensajes del peligro de la salud ante esta ‘amenaza’… y nada.

Les he mandado a mis vecinos, uno a uno, informes sobre casos similares en otras ciudades, para ver si recibo un respaldo… y nada.

Finalmente decidí enviar una carta a la administración y a la empresa dueña de la antena. Los responsabilicé de lo que pueda pasar con mi salud de hoy en adelante y les pedí que pensaran que un ser humano vale más que el dinero.

A mis vecinos les envío una alerta, les recuerdo que los organismos son diferentes y que reaccionan de distintas maneras ante una amenaza de enfermedad…

Mientras espero que alguien me ayude a recuperar mi salud y tranquilidad, seguiré soportando el ruido constante que me recuerda que soy un ciudadano común y silvestre, y que si no tengo un amigo influyente… no pasará nada.