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| Ene 25, 2019 | En estas calles, Histórico, Portada

La hacienda que se convirtió en campo santo

En la foto aparecen el General Alejandro Peña Solano, su esposa Francisca Puyana Martínez, y sus hijos Manuel, Alfredo y Alejandro al lado de su esposa Zoraida Martínez y sus tres niños. Foto tomada en el Museo Gua / GENTE DE CABECERA

Redacción

Sobre las 21 hectáreas en las que hoy se establece el Parque Cementerio Jardines La Colina, reposan más de 25 mil personas inhumadas en bóvedas, osarios y cenizarios.

Un terreno que hace parte de un total de 55 hectáreas, que hace muchos atrás fue una gran hacienda llamada “San Bernardo”, propiedad del señor Alejandro Peña Puyana, hijo del General Alejandro Segundo Peña Solano, quien fue el último Presidente del Estado Soberano de Santander y actuó posteriormente durante 5 veces (1887, 1900, 1905, 1907 y 1909) como Gobernador de Santander, y su señora esposa Doña Zoraida Martínez Llach.

Una tierra bastante próspera, llena y rodeada de muchos recursos naturales. Tanto así que según coinciden varios historiadores, para llegar hasta este cementerio era necesario recorrer caminos pantanosos, rodeados de pequeñas lagunas naturales y una espesa vegetación.

Esta hacienda delimitaba en la parte baja por las quebradas La Iglesia y La Flora, y estaba surcada por la quebrada La Cascajera.

Algunos vecinos recuerdan aquellas épocas cuando el clima de Bucaramanga era distinto y la espesa neblina se apoderaba del lugar, lo que motivó que llegaran a denominarla ‘La Niebla’.

Los últimos años de la hacienda

A finales de la década de los años 60 la Hacienda San Bernardo fue una finca panelera, sembrada de caña de azúcar o caña dulce.

Tenía un trapiche con su horno de ladrillo y en los días de molienda en sus pailas hervía el mosto que se disponía en los moldes para la producción de panela.

“Todo esto eran puros cañales. Ahí donde está la casona, esa que se ve ahí, era el trapiche”, dice doña Martha mientras señala con su mano el cementerio desde su puesto de flores.

Así lucía el parque cementerio en los años 80, conservando la casona antigua de la vieja hacienda San Bernardo. Archivo / GENTE DE CABECERA

Hasta donde se sabe este fue el único trapiche que hubo en el municipio de Bucaramanga.

Según cuentan algunos vecinos que dicen recordar la historia porque sus padres alguna vez se la contaron, la hacienda tenía, además, un ‘chircal’ o tejar para la fabricación de ladrillos, árboles frutales, caracolíes, guayacanes y otras especies nativas, muchas de los cuales aún se conservan, refrescan y adornan el campo santo.

La casa de la hacienda, que se conservó intacta hasta hace pocos años, estaba enmarcada por un corredor externo que daba al recibo y acceso a su sala, comedor y a un bello patio central, en cuyos corredores se circunscribían varias habitaciones.

En la parte de atrás, en una especie de solar, había un cuarto de servicio independiente para los vivientes y una alberca de aguas cristalinas.

¿Por qué un cementerio?

Muchos se preguntan ¿a quién se le ocurriría crear un cementerio en esas fértiles tierras?

La respuesta está en que en la década de los años 60 comenzaron a operar los primeros Parque Cementerios en Colombia, constituidos por empresas comerciales independientes, para prestar servicios funerarios a personas pertenecientes a cualquier religión, raza u oficio, con un enfoque ecuménico.

El 5 de noviembre de 1968, según escritura pública 3979 de la notaría Tercera de Bucaramanga, se compró un lote de terreno a la señora Zoraida Martínez Llach viuda de Peña, por un valor de $400 mil de los cuales se dio una cuota inicial de $100 mil a la firma de las escrituras y 60 cuotas iguales de $5 mil cada una, sin intereses.

En 1970 en un momento casual de Monseñor Jesús Quiroz Crispín (Q.E.P.D.) quien fuese posteriormente rector de la Universidad Pontificia Bolivariana de Bucaramanga y el Doctor Gabriel González Sorzano en Medellín, tuvieron la oportunidad de conversar con algunos amigos socios del Parque De Paz de Medellín, sobre la organización de este tipo de cementerios.

De ahí nació la idea de fundar un parque similar en Bucaramanga, que culminó con la fundación de esta empresa, en 1971, pues el terreno se había adquirido sin una destinación específica.

La imponencia de los árboles y la frescura propios del sector aún hacen parte del cementerio, que alguna vez fue la hacienda San Bernardo. Élver Rodríguez / GENTE DE CABECERA

La empresa comercial Jardines La Colina Ltda. fue fundada el 29 de marzo de 1971 con el nombre de Jardines de la Diócesis de Bucaramanga La Colina Ltda.

A la Diócesis de Bucaramanga le donaron el 40% de la participación, como una estrategia para que las personas vieran con buenos ojos inhumarse en tierra y a las afueras de Bucaramanga, cuando la costumbre era inhumación en bóvedas.

Hoy la vieja hacienda está transformada en uno de los más modernos parques cementerios de la ciudad, donde hay terreno para uso de los próximos 40 años.

Socios fundadores del cementerio

Los socios iniciales fueron la Diócesis de Bucaramanga con un 40%; Gabriel Sorzano 40%; Unión de Trabajadores de Santander (Utrasan) 8%; Unión de Trabajadores de Colombia (UTC) 8% y Rafael Arango Rodríguez 4%.

Posteriormente el doctor Gabriel González Sorzano le vendió un 10% de su participación a la firma constructora Escandón & Manby Ltda. cuyos socios eran los arquitectos Guillermo Escandón Sorzano y Enrique Manby Correal, quienes a su vez tenían un lote de terreno colindante con el lote que inicialmente se había comprado, con lo cual el área se aumentó.

Indígenas habitaron la Hacienda San Bernardo

En la fotografía se observan las vasijas halladas en los terrenos de la antigua hacienda San Bernardo, hoy Cementerio Jardínes La Colina. Suministrada / GENTE DE CABECERA

En 1971 cuando apenas empezarían los trabajos de construcción del parque cementerio, durante una excavación se encontraron una decena de vasijas de barro con fragmentos de tela.

Fue por eso que la junta directiva del Cementerio decidió resguardar las piezas como una parte fundamental del patrimonio de la ciudad.

Después de una investigación se pudo establecer que la tribu que habitó esas tierras fue la Sachagua, un grupo indígena que fue excluido de la historia hacia el año de 1550 por los españoles.

Luego de más de tres décadas del hallazgo, la señora María Cristina Ordóñez de González, esposa de uno de los socios fundadores, inició la construcción de un museo relacionado con el tema, el cual se ubica en la casona central que ha permanecido intacta por casi 100 años.

El Museo Gua fue un proyecto de la señora María Cristina Ordóñez, quien paradójicamente murió días antes de su inauguración. Élver Rodríguez / GENTE DE CABECERA

Hoy en día  el Museo Gua hace parte del Cementerio y reúne muestras fotográficas y documentales que reconstruyen la historia de la evolución de Bucaramanga.

La interesante colección de vasijas y ollas forma parte de la exhibición. Para difundir más el hallazgo se presenta una serie de fotos antiguas de Bucaramanga y algunos objetos de la época; el ordenamiento urbanístico de la ciudad, en mapas, documentos, candelabros y piezas de singular valor histórico.

La investigación de todos estos hechos históricos estuvo a cargo del historiador Emilio Arenas, junto con la señora Isabel Cristina Gónzalez, la reproducción fotográfica por Saúl Meza Arenas y la colección de fotos pertenece al archivo del fotógrafo italiano Quintilio Gavassa Mibelli.