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| Oct 25, 2013 | ¿Qué pasa?

San Pío: un parque de día y otro de noche

 

Los niños disfrutan de los juegos con un radiante sol

Los niños disfrutan de los juegos con un radiante sol

Disfrutar del ambiente que ofrece el parque San Pío entre las 10 a. m. y el mediodía apacigua.

Quién no lo sentiría cuando lo único que absorbe los sentidos es el sonido de las palomas tortolitas, el canto de los pájaros, las carcajadas de los niños que juegan vigilados por sus padres y el campanear de los señores rojiblancos que venden paletas.

No podría pintar mejor el panorama para un parque que tiene a uno de sus costados un CAI, al otro extremo una obra del maestro Botero y a los lados viviendas, edificios residenciales, restaurantes y otros establecimientos comerciales.

El fuerte sol estampa lo que hasta hace poco fue un prado y entonces entre la sombra de los árboles se apostan jóvenes que refugiados en sus audífonos escapan de su realidad, ancianos que ven el pasar de los días con la calma que ganaron hace más de 10 años, madres que tratan de robar sonrisas del bebé que cargan en sus piernas y parejas que adolescentes que con abrazos y caricias le dan rienda suelta a lo que dicen sus primeros latidos de amor.

Nada diferente a otros parques en los que también se ve, desde muy temprano, el espíritu deportivo que no reconoce edad.

El ambiente oscurece

En las noches el parque recibe a jóvenes que en medio de la oscuridad comparten entre sí.

En las noches el parque recibe a jóvenes que en medio de la oscuridad comparten entre sí.

Son las 4:30 p. m. y la calma se mantiene o por lo menos eso dan a entender los abuelos que sacan a sus nietos a correr, jóvenes que con una bolsa en la mano dan ejemplo de civismo recogiendo las heces de su mascota y el chillido del columpio que no ha parado de menearse.

Pero hay algo que irrumpe y que desde hace varios meses amenaza con acabar la tranquilidad del parque San Pío.

Unos llegan solos, en pareja y otros en manada. Ellos parecen ser ellas vestidas con short de jean, blusa ombliguera y cabello de varios colores. Ellas parecen con deseos de lucir grandes, esbeltas y deseosas.

Son jóvenes entre 15 y 18 años que además de llamar la atención por la paleta de colores en su cabellera, espantan a los padres de familia que no quieren que los ojos de sus niños vean cómo se acarician y se besan entre sí, sin importar el sexo.

En menos de una hora la serenidad se esfuma y los pocos que transitan por el parque temen que la oscuridad sea cómplice de un mal rato.

Mientras desde la carrera 33 suben más chicos anochece y efectivamente la luz tenue de casi todo el parque empieza a recibir a otro grupo de jóvenes, con mejores pintas pero con otro fin: entregar dinero, recibir paqueticos y sentarse a negociar en una de las bancas del parque ¿qué será? Probablemente lo que usted está pensando.

“Aquí se ve de todo y no hay quien haga algo. Los sábados son los días más complicados, porque a pesar de que los policías bachilleres hacen recorridos en el día, en la noche esto es otro mundo. Dios no lo quiera pero si no le ponen freno a esta situación ya este parque va a ser otro igualito al Centenario, no falta mucho. Da mucho pesar ver cómo estos niños, porque no tienen más de 15 años, se besan frente al que sea”, dijo una vecina que caminaba por allí y que por obvias razones de seguridad prefirió no dar su nombre.

Otra que le acompañaba continuó con la descripción que confirmaba lo que en repetidas ocasiones se escucha en el sector: “el domingo en la mañana, cuando uno sale a hacer deporte se encuentra botellas de licor y lo peor ¡preservativos! La noche del sábado esto es un circo y la mañana siguiente un basurero. Hace poco una pareja puso un camping en el prado pero a muchos se les hizo raro que pasaran y se escucharan ruidos raros, llamaron a la Policía y cuando les levantaron estaban ‘mediovestidos’… menos mal los sacaron.

Otro problema que hay allí es el consumo de drogas, pero esto sí es todos los días y a toda hora. Pobre la gente que trae su almuerzo y siempre se ve buscando un sitio libre de este humo, pues no pueden ni disfrutar su comida ni descansar el mediodía con semejante olor a marihuana ¿qué más podemos decir además de travestis, drogas y sexo?”, concluyó la mujer quien como muchos vecinos de este parque espera que las autoridades refuercen la vigilancia y que el ambiente familiar que durante décadas ha caracterizó a este parque retorne de la mano de senderos más seguros y tranquilos.

No es nada en contra de los homosexuales, solo pedimos más cordura y pensar en los niños que les toca ver tanta cosa en un solo escenario

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