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| Nov 9, 2018 | En estas calles, Histórico, Portada

Reviva la historia de las casas de la carrera 40

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Redacción

La historia de las casas que se ubicaban en la carrera 40 con calle 46, del barrio Cabecera del Llano, hacen parte de los recuerdos de varios bumangueses que aún evocan esos momentos a inicios del año 1976, en el que varias familias tuvieron que abandonar sus viviendas ante su posible caída.

Hoy, casi 45 años después, en ese mismo lugar se levanta el parque Carlos Enrique Virviescas, un espacio de esparcimiento que esconde los mejores recuerdos de personas como María Cristina Plata, quien durante cinco años habitaó el que una vez fue su vecindario.

Desde su casa en Cañaveral, acompañada por su hijo Roberto Jaimes, recuerda el momento en el que junto a su esposo decidieron invertir en la compra de una casa, ya que el apartamento en el que vivía en Conucos se había quedado muy pequeño para albergar sus nueve hijos.

“Era un proyecto muy bueno, las casas eran amplias, tenían un patio grande. El clima era muy fresco por la vegetación y el sector en ese entonces era muy tranquilo. Nos gustó mucho, tanto que decidimos invertir ahí”, recuerda María Cristina.

Sería para 1969 cuando su esposo Roberto Jaimes cerraría el negocio con Urbanas, la constructora que estaba a cargo de aquel proyecto urbanístico, pagando un total de $600 mil, una cantidad considerable de dinero para la época.

“Recuerdo que nos pasamos para 1970. El vecindario estaba constituido por tres bloques de casas, cada uno estaba integrado por seis viviendas, más o menos. Nosotros vivíamos en el que quedaba sobre la carrera 40, pero como esa zona no era tan transitada ni importante, esta vía daba con el patio, es decir, la entrada era por la parte de abajo.

“En la misma cuadra estábamos los Bonilla, Álvaro Abril, nosotros, Orlando Morales, el médico Álvaro Bonilla y Olga de Álvarez junto a su esposo”, comentó María Cristina, sobre las casas construidas por Urbanas mientras que las de más abajo (cerca a Altos de El Jardín) eran construidas por otros ingenieros “por su propia cuenta”.

“Era un lugar fresco porque tenía mucha zona verde alrededor. Era seguro y teníamos una vista a la montaña espectacular. Jugábamos mucho por los caminos verdes, pues eran muy pocas casas las que existían allí… de todo eso solo quedan bonitos recuerdos”. María Cristina Plata.

Las primeras fallas

Para 1971, tan solo un año después de habitar las casas de ese sector, María Cristina se percató que algo no estaba bien.

“Un día le estaba haciendo aseo al patio, siempre me gustaba ponerle la manguera al sifón para que no se acumulara mugre, pero empezaron a salir burbujas y tierra, el agua no pasaba al fondo como debía ser. Entonces metí el palo de la escoba y se me fue completico, luego el de las telarañas que es más largo y tampoco alcancé a tocar fondo con él, se fue también.

“Al día siguiente llamé a Urbanas para comentar lo sucedido y mandaron a un ingeniero para que revisara, pero dijeron que habían sido mis hijos los que habían roto el sifón y que no era grave. Finalmente vinieron más técnicos y mandaron a arreglar las grietas para arreglar la casa y dejarla nuevamente perfecta”.

Hasta ese punto todo marchaba bien y la normalidad volvió a este hogar. Sin embargo en 1974 la situación se haría aún más grave.

“Estábamos en vacaciones de fin de año. Regresábamos con la familia de la Costa y encontramos una pancarta grande de la Cdmb que prohibía el paso por la carrera 40. La gente estaba aglomerada tratando de mirar las grietas que tenían las casas… eso fue el 31 de diciembre”, agrega Plata.

Según cuenta, el tamaño de algunas aberturas eran tan grandes que cabía una persona, las puertas no cerraban bien y las ventanas arrojaban esquirlas por la presión que causaba el aparente movimiento de tierra que provocó graves daños en la infraestructura de todas estas casas.

“Las casas no se hundieron o cayeron como se decía por ahí, tampoco fue una falla de la construcción, eso se debió a que la tierra se fue corriendo de norte a sur”, acotó.

La angustia reinó en una época en la que el mundo entero celebraba la llegada de un año nuevo, el 1975. Mientras el resto de ciudad festejaba, estas familias se preguntaban cuál sería su futuro, a dónde iban a vivir ¿les respondería la constructora?

La solución

El 2 de enero de 1975 recibieron una visita que traería a sus vidas algo de serenidad, se trataba de don Armando Puyana.

“Fue a ver las casas. Mi esposo habló con él y nos dijo que ellos nos respondían. Así fue. Nos trajo a ver las casas de Cañaveral, las primeras casas que costaban un millón de pesos. Cuando eso la zona donde está La Florida estaba poblada con viviendas y ni rastros de pensar que ahora sería tan comercial.

“Ellos asumieron la deuda que teníamos con el Banco Central Hipotecario por la compra de la casa en Cabecera. Tuvimos que entregarle el apartamento que teníamos en Conucos y algo de efectivo, como parte de pago de la casa de Cañaveral donde aún vivo. En el caso nuestro Urbanas les respondió a quienes le compraron su vivienda”.

Entonces, en plena fiesta de los Reyes Magos, el 7 de enero hicieron la mudanza.

“Urbanas es una firma muy responsable, de eso no tenemos dudas. No nos regaló la casa, pero sí nos brindó soluciones”.

Luego de estar ya disfrutando de su nuevo lecho, la familia Jaimes Plata supo que la constructora había empezado a demoler las casas que esa firma había construido en Cabecera, mientras que las ruinas de las viviendas construidas por particulares permanecieron en pie hasta hace poco más de cinco años cuando se demolieron para la construcción del parque Carlos Virviescas.

“Pasábamos por allá y nos daba muchísima tristeza ver eso, ver todo en el piso. Esa casa era de cuatro habitaciones cuando la compramos y luego le hicimos unas adecuaciones: ampliamos, hicimos una biblioteca, otra habitación y arreglos en el garaje y la terraza. En total le metimos $300.000 que para esa época era bastante dinero!”, puntualizó Plata.

Dato

Alrededor de 300 metros cuadrados tenían las casas construidas por Urbanas en la carrera 40.