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Nuestra Gente

Alfonso Higuera sobrevivió al atentado del 11S

 

Rafael Alfonso Higuera y su esposa Hilda estuvieron en Bucaramanga hace unos meses. Llevaban casi 20 años sin visitar a sus familiares quienes también quisieron que les contaran esta historia.

Esta semana el mundo recordó que hace 12 años New York vivió el capítulo quizá más gris de su historia: el atentado que acabó con las Torres Gemelas.

Aunque durante esta larga década son varios los testimonios que se han oído de quienes sobrevivieron al hecho, los santandereanos Rafael Alfonso Higuera Cáceres e Hilda Lizarazo de Higuera recordaron con sentimiento la fecha.

Hoy, cuando disfrutan de su pensión, de la dicha de ser abuelos y de tener todo el tiempo del mundo para sus hijos, esta pareja de esposos da gracias a Dios todos los días por salir bien librados de este impase que dejó 3.017 muertos.

Sin duda, un día diferente

Los quehaceres de su trabajo hicieron de este día uno diferente para Alfonso, quien generalmente empezaba a laborar a las 8 a. m. y este día lo hizo media hora antes.

Le había pedido a su esposa, desde la noche anterior, que ese martes 11 de septiembre de 2001 necesitaba estar más temprano en la oficina pues debía entregar unos planos.

Así fue y minutos antes de las 8 a. m. el ingeniero mecánico de la UIS llegó a la oficina del Port Authority de New York, la entidad estatal encargada de administrar los aeropuertos de New York (John F. Kennedy, La Guardia y el Internacional Libertad de Newark).

Así lucían desde el río Hudson las Torres Gemelas.

Así lucían desde el río Hudson las Torres Gemelas.

Su puesto de trabajo desde hacía cinco años era en dicha empresa ubicada en el piso 74 de la torre 1.

Mientras abría su computadora para revisar correos saludaba al tiempo a sus compañeros de trabajo y 32 pisos más arriba, justo en el último, el presidente de la compañía con la que laboraba se reunía con otros 200 empresarios del mundo en una conferencia, en el restaurante Windows on the World, con uno de los mejores miradores de la ciudad.

Ese día había 40 ingenieros trabajando con él cuando sintieron el estruendo.

“Se sintió como una gran explosión y se movió la torre, como un temblor, algo que nunca había sentido allá. El susto fue terrible y yo estaba a una distancia de unos 5 metros de la ventana principal desde donde veía bajar los restos del avión que chocó con el piso 84 que de inmediato quedó destruido.

“Los escombros subían y bajaban con el viento. Los cadáveres bajaban por las ventanas. De momento se fue la luz y las alarmas empezaron a sonar. Todos empezamos a gritar ¡salgamos! ¡salgamos!…”

Y ahí empezó la maratón.

Más de una hora corriendo

El primer choque fue contra la torre 1, a las 8:12 a. m. y justo donde trabajaba Alfonso.

El primer choque fue contra la torre 1, a las 8:12 a. m. y justo donde trabajaba Alfonso.

Así como él y algunos de sus compañeros, pues algunas señoras creyeron que no era nada grave y decidieron esperar, todos los trabajadores de la torre buscaban su salida por las escaleras para llegar al primer piso.

Alfonso se tomó una hora solo bajando hasta el lobby.

“A medida que bajaba se empezaba a disminuir la velocidad, bajaba más y más gente, desde el piso 50 hasta el primero se llenaron las escaleras.

“Ya estando en el piso 30 todo estaba lleno de humo y se hacía más difícil respirar, por fortuna encontramos bomberos que nos dieron mascarillas de gases.

“Cuando llegamos al piso 28 los que bajábamos nos enteramos que el segundo avión había estrellado la otra torre y la angustia aumentó. Llegar al lobby y ver tuberías de 24 pulgadas de diámetro que transportaban gas, agua y muchas más cosas y que estaban rotas complicó la salida porque había chorros de agua y ceniza por todos lados.

“Uno solo escuchaba a los policías y a los bomberos gritar: ¡salgan rápido! ¡salgan rápido! pues la cola de gente era larga y no avanzaba nada… solo se veía humo”.

Estando afuera y luego de caminar dos cuadras Alfonso pudo mirar hacia arriba y medio entender la magnitud de los hechos.

“Había mucho sol. Yo solo pensaba ‘es un ataque nuclear’ o ‘es un tsunami y se metió aquí’, el agite no me dejaba entender nada de lo que pasaba. Entonces se sintió un fuerte temblor cuando cayó al piso la torre 2. La poca calma que se recobraba desapareció y empezamos a correr porque la bola grande de gases y humo nos perseguía”.

El gentío corriendo se perdía entre la nube espesa de ceniza, humo y escombros.

El gentío corriendo se perdía entre la nube espesa de ceniza, humo y escombros.

Para este año Alfonso tenía 58 años y aunque en ese momento no pensaba en nada diferente a correr, entendió más adelante que ir al gimnasio y hacer deporte a diario fueron claves para que sus piernas respondieran tan bien como sucedió ese 11 de septiembre.

Y la eventual maratón continuó, siempre con su mascarilla puesta.

“Pensé en coger el tren pero no había energía en la zona, no había servicio de nada pues las comunicaciones se cortaron. Mientras corría buscaba la manera de llegar a la casa que estaba en Queens, muy lejos de Manhattan.

“Cuando llegamos al puente de Brooklyn creíamos que por el paso del agua del río se podía disminuir la nube de polvo y ceniza, pero no fue así… estaba tan cansado que pasó una vans y me recogió, iba prácticamente colgado de la puerta.

“Al pasar el puente entré a un sitio a tomarme una Coca Cola y no la terminé… la gente empezó a correr y a gritar porque la bola de gases continuaba.

En total no recuerdo cuánto tiempo corrí, fue más de dos horas. Y así, de bus en bus hasta pasar por cuatro llegué a la casa.

La angustia de una esposa

El segundo choque, contra la torre 2, fue justo en el centro de la edificación, lo que produjo su caída más rápida.

El segundo choque, contra la torre 2, fue justo en el centro de la edificación, lo que produjo su caída más rápida.

A las 4 p. m. Hilda escuchó el timbre y el alma le volvió al cuerpo luego de 8 horas de espera sin respuesta.

Su angustia inició desde las 8:30 a. m. cuando por los corredores del colegio donde laboraba como docente empezaron a comentar que un avión había chocado contra una de las Torres Gemelas.

“Siguieron dando la noticia más detallada y dijeron que era grave ¡No puede ser, mi esposo está allá! pensé de inmediato. La rectora me dijo que si quería me fuera para la casa para esperar allá noticias de Alfonso y allá llegué conduciendo.

“Tan pronto llegué prendí el televisor y vi el accidente… luego vi que el segundo avión le dio a la torre 2, que fue en la mitad justo para que se derrumbara más rápido… y luego se cayeron las dos.

“Me puse nerviosa y no pude imaginarme qué tan terrible podía ser. No había comunicación, ni teléfonos ni nada, solo mirando la televisión. Sufrí como nunca al ver que se cayeron las dos torres… fue terrible. Lo peor era que ni la Policía ni nadie decía nada, era tan grande lo que había pasado que no podían decir nada.

“Solo hasta las 4 p. m. cuando tocó la puerta, abrí y lo vi. Venía mojado, vuelto nada pero sin un rasguño, solo lleno de polvo. Me puse a llorar de la emoción apenas lo vi. Lo abracé, lo limpié y le di gracias a Dios de traérmelo de vuelta con vida”.

Recuperación lenta

El panorama desde la Estatua de la Libertad no podía ser más opaco la tarde del 11 de septiembre de 2001.

El panorama desde la Estatua de la Libertad no podía ser más opaco la tarde del 11 de septiembre de 2001.

Al tiempo que volvieron a tener líneas telefónicas, de celular y se restablecía el servicio en los aeropuertos (casi tres días después), esta pareja que unió sus vidas hace 44 años en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Bucaramanga, pensaba en lo grande que es Dios.

“Nos acordábamos mucho que ocho días antes de la tragedia nos tomamos una foto con los hijos y los hermanos. Le dije: “Hilda, llevamos tanto tiempo viviendo aquí y ni siquiera nos hemos tomado una foto familiar con el fondo de las Torres Gemelas, tomémonos una”… la programamos y la hicimos. Fue muy extraño, como si presintiera que ahora no existen”.

Pasaron 20 días después del 11 de septiembre para que Alfonso volviera a saber de sus compañeros de trabajo.

“Me llamaron para que me presentara en el aeropuerto Kennedy para trabajar. De mi grupo muy pocos se murieron, solo unas secretarias de edad que no creyeron que se iban a caer las torres, por eso murió mucha gente, porque no vieron eso tan grave. Ese día del reencuentro volvimos a ver el dolor. Fue duro. Lloramos y nos contamos las experiencias de cómo logramos llegar a casa. Y pensábamos cómo volver a empezar de cero en el trabajo, pues mucha información que teníamos en los equipos del World Trade Center se perdió”.

Otros que también volvieron a sonreír fueron Adriana y Alfonso Jr. los hijos, quienes solo hasta el día siguiente del ataque supieron que sus padres estaban bien.

GENTE DE CABECERA

Cada año New York conmemora esta fecha con un acto especial presidido por el presidente de Estados Unidos.

“De todo esto hay que decir que la vida cambia, antes del atentado y después. Ahora las familias son más unidas y tratamos de compartir más tiempo juntos. Estamos también más comunicados y nos llamamos varias veces al día. Esta historia le hemos contado muchas veces a amigos y familiares y a todos les decimos lo mismo: a pesar de los momentos difíciles la vida continúa, hay que darle gracias a Dios por lo que se tiene y por la vida… hay que tener fe en Dios de que las cosas serán mejor”, concluyó Hilda quien para diciembre de 2012 se jubilaba y empezaba junto a su esposo una nueva etapa de su vida.

«Si el primer avión choca contra el centro de la torre 1 no estuviera contando la historia, pues yo trabajaba entre esos pisos»: Alfonso Higuera.