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| Sep 21, 2012 | En estas calles

Cuidado con supuestos compradores de negocios

Caricatura de Omar Mogollón

Caricatura de Omar Mogollón

Se conoció esta semana en Cabecera de una modalidad de robo a establecimientos comerciales que están en venta.

El caso concreto le ocurrió a una mujer que quería vender su cafetería de Cabecera y quien puso un aviso clasificado.

Llegó al sitio un hombre quien se hizo llamar Luis y luego de mirar sillas, neveras, estantes y vitrinas no dudó en afirmar que comprar este establecimiento sería el mejor negocio de su vida.

“Quedó encantado. Me pidió rebaja y le bajé 5 millones al precio que le había puesto en un principio. Me pidió que cerráramos el negocio lo más pronto y entonces que nos viéramos ese día a las 2 p. m. en el banco para consignarme la plata. Llamó por celular a un hermano suyo, un tal Alberto, le comentó del negocio y entonces que era él quien iba al banco. Eso sí, me dijo que las ventas de ese día eran de ellos porque pues ya habían comprado la cafetería”, contó acongojada la mujer quien por seguridad pidió no publicar su nombre.

La confianza que el hombre aparentó en su hablar, en su aspecto físico, diciendo que eran ‘cristianos’ y que contrario a ella no venderían cerveza en su nuevo negocio, le opacaron a la mujer las dudas sobre un estafador.

Pero en la tarde, mientras ella estaba en el banco esperando a que llegara el hombre llamado Alberto, en el local estaba el primer hombre quien dijo que quería que le contaran más cómo funcionaba el negocio. Para eso la mujer vendedora dejó a su hija no sin antes entregarle al tipo todo el producido de ese día, 490 mil pesos.

“Le dijo a mi hija que quería cambiar los candados y que si sabía dónde había una ferretería, ella le dijo y se fue… nunca volvió y se llevó lo que hicimos ese día en ventas. Por supuesto el otro tipo del banco tampoco llegó”.

¿A quién demandaría si no tenía los nombres de los tipos? La mujer sabe que cometió un error, que confió en la gente y le contó la historia a Gente de Cabecera para alertar a la comunidad y que no les pase lo mismo que a ella.

“Por fortuna no le hicieron nada a mi hija (de 25 años) pero tenían un poder de convencimiento que cualquier cosa podría pasar. Son de unos 55 o 60 años. Alberto es alto, moreno de gafas y tiene dentadura postiza. El tal Luis es gordo, moreno, bajito, canoso y habla pausado”, narró.